viernes, 17 de mayo de 2013

De esgrima, pasión y literatura



Sucede una cosa muy curiosa con la esgrima, e imagino que con el deporte en general: ves tu progreso. No lo intuye, lo ves. Es algo tangible. Cada vez mueves la espada con más soltura, entran más tocados de los que recibes, coordinas mejor pies y mano. Tus reflejos se agudizan, y tus paradas son efectivas. Aprendes movimientos nuevos (desbloqueando logros, como tiene que ser) y mueres de ilusión cuando logras aplicarlos en un asalto. El progreso es evidente, tangible, corpóreo. Aunque hay excepciones, si eres bueno ganas. Punto. Todo lo contrario a lo que sucede en la literatura. En literatura ganar no implica ser bueno escribiendo sino tener mejores amigos. Yo tengo muy buenos amigos, pero sólo uno en el circuito literario. Cualquier cosa que logre mucho me temo que tendrá que ser a costa de mi talento, pero al contrario que en el deporte no hay forma de medir el talento en literatura: es todo subjetividad.

Por eso me gusta la esgrima. Porque puedo medir, puedo tener un control real y efectivo sobre lo buena o lo mala que soy, sobre cómo avanzo aquí o allá, y qué acción concreta necesito trabajar. Quizá no llegue nunca a ser una campeona, pero sí podré ser la mejor tiradora que pueda llegar a ser dadas mis condiciones naturales. Puedes cruzar de lado a lado la curva de aprendizaje y marcar con tiza los hitos en el camino. Con la literatura no.

Vivo con el miedo certero de que mis cuentos no gustan a nadie salvo  a mí (y a vosotros, mis cuatro lectores fieles, a los que amo ardientemente).  Por alguna razón, la mayor parte de mis historias no comunica con el público y me desespero. Me desespero porque no sé qué mejorar, qué punto atacar, qué cambiar, si es de estilo o de trama, si es de alma o de cuerpo. No puedo pasarme toda una tarde delante de un plastrón repitiendo paradas y respuestas con la literatura. No tengo a mi maestro corrigiéndome la postura y repitiendo ejercicios una y otra vez. Estoy sola. Delante del ordenador. Sin otra guía que mi maltrecho instinto literario, mis rabiosas ganas de llegar a alguna parte, y el recuerdo anidado en mi subconsciente de todas las páginas escritas, de todos los cuentos leídos, todas las series, todas las películas. Ese es todo mi arsenal, y me sabe insuficiente.

Luego leo mierdas como castillos que otra gente ha escrito y que otros guruses han alabado y me retuerzo como si una mano me estuviera trenzando los intestinos para saltar a la comba con ellos. Y los leo darse aires, o quejarse del infortunio de no publicar en papel, y me levanto y le grito al ordenador “¡pero gilipollas!¡Si has confundido los nombres de los protagonistas varias veces!¡Quién carajos te va a publicar, imbécil!”. Luego van y le publican, y lamento que mi espada no tenga punta para hacerme el harakiri. Como no es el caso, vengo aquí y abuso un rato de su paciencia con mi pataleo.

martes, 30 de abril de 2013

If: Dime niña, ¿quién te enseña a ser mujer?

La historia de la literatura está llena de textos que enseñan a los niños a convertirse en hombres. Quizás uno de mis favoritos sea el celebérrimo poema de Rudyard Kipling, If, uno de esos textos coletilla que internet ha hecho tan populares  por las dos razones que más ama internet: es breve y ataca al corazón. No lo hemos hablado nunca, pero internet goza salvajemente de la sensiblería barata. En este caso al menos no se equivoca y en If encontramos una bonita carta de un padre a un hijo, un poema que yo le enmarcaría a los míos a los pies de la cama para que fuera lo primero que vieran cada día al levantarse. Porque If, ahí donde lo ven, enseña a los niños a ser hombres en menos de 300 caracteres. Todo un logro. 

Si (If)

Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello.

Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no te domina el odio
Y aun así no pareces demasiado bueno o demasiado sabio.

Si puedes soñar y no hacer de los sueños tu amo;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Si puedes soportar oír toda la verdad que has dicho,
tergiversada por malhechores para engañar a los necios.
O ver cómo se rompe todo lo que has creado en tu vida,
y agacharte para reconstruírlo con herramientas maltrechas.

Si puedes amontonar todo lo que has ganado
y arriesgarlo todo a un solo lanzamiento ;
y perderlo, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón y tus nervios y tus tendones,
para seguir adelante mucho después de haberlos perdido,
y resistir cuando no haya nada en ti
salvo la voluntad que te dice: "Resiste!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a reyes, y no distanciarte de los demás.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el inexorable minuto,
con sesenta segundos de lucha bravía...

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.


Sin embargo, el texto del controvertido Kipling no es un ejemplo aislado. A lo largo de mi vida lectora he ido topándome casi sin querer con escritos que con más o menos gracia enseñan a crecer a los niños. Casi todos los libros de aventuras que cayeron en mis manos cuando era pequeña trataban, en definitiva, del viaje del héroe niño que llegaba a ser un hombre de provecho. "Na einai kalitero anthropo apo ton patera tou", ¿verdad? No, no es japonés. Es griego y los amantes de las series habrán reconocido la frase que Peter Bishop tiene como mantra en Fringe: "sé mejor hombre que tu padre". Miremos donde miremos, los escritores adultos han intentado transmitir a los lectores, a los espectadores, las claves que nos convierten en adultos completos. Quizás algunos se basen más en las convenciones literarias que en su experiencia (no creo que todos los guionistas de Fringe sean señores de 60 años dispuestos a transmitir su sabiduría a las nuevas generaciones), pero lo que verdaderamente importa de esta cuestión es que existe un discurso establecido que indica el patrón a seguir por los jovencitos que están adentrándose en el retorcido camino de la edad adulta.

Pero... ¿Y para las niñas? ¿Son válidas las mismas premisas? ¿Existe un discurso personalizado para ellas, para nosotras? ¿Qué demonios se supone que tiene que hacer una niña para convertirse en mujer? Intento hacer memoria...

No, si somos honestos no creo que sean válidos los mismos consejos. Quizás adaptables sí, quizás If en concreto sí (aunque yo lo leo y en mi cerebro sale una voz de hombre hablándole a su chaval, que se va a la India a hacer el servicio militar). Pero si hago un esfuerzo por recordar mis lecturas jueveniles protagonizadas por una voz femenina encuentro:

- Mujercitas. Gracias dios por Jo March, aunque no tantas gracias por su domesticación. Tampoco gracias porque el Chico De Todas, Laurie, acabe casándose con la señorita perfecta Amy March. Apuntadme a Louise May Alcott como una de esas personas con las que quiero tener un par de palabras en el Más Allá. Mi imaginación vincula a Jo con Jorgina, de Los Cinco. Chicas masculinas que no quieren ser chicas porque es aburrido. Lamentablemente, esta idea es la que ha predominado en la ficción durante demasiado tiempo.

- Frena, Cándida, frena. Y similares. Un despiporre de lectura que se centra básicamente en la relación de la buena de Cándida con los chicos, con su familia y con su cuerpo. A mí me pareció divertidísimo y digo un enorme BIEN a Maite Carranza por sacar adelante una historia tan loca y al mismo tiempo tan real. Probablemente de las voces femeninas más frescas de mi adolescencia, aunque demasiado centrada en el aspecto romántico. Al menos no era una pavisosa, y ya con eso me doy con un canto en los dientes. 

- Y un enorme FIN. El resto de mis lecturas o estaban protagonizadas por chicos o por sosas que se dejaban arrastrar por la acción. Tuve que crecer para encontrarme con otras mujeres ficticias con personalidad, y crecer aún un poco más para entenderlas del todo. Nunca hubiera dicho que Madame Bovary fuera otra cosa que una pija descerebrada, hasta que llegué a verla como una Quijote malograda por la vida doméstica, una inteligencia viva perdida y desaprovechada por su sexo (muere, siglo XIX). Tampoco habría pensado que Jane Eyre fuera valiente, pero vaya si lo era, jodidamente valiente Jane. Intrépida y vivaz Elizabeth Bennet, que se equivoca y aprende a ver más allá, que conoce y descubre a los hombres, a la sociedad y a sí misma.

La lista sigue, pero... ¿De qué clase de valor hablamos? Del que nace de la resignación, la negación de los propios deseos, la huida del enfrentamiento directo con los problemas y la búsqueda de un camino secundario que permita llegar al final. ¿Es eso ser mujer? La mayoría de las historias femeninas giraban alrededor del amor, el amor como pieza central de la composición del carácter de la mujer, de su crecimiento como individuo. No hay amor en La isla del Tesoro, ni en El doctor Jeckyll y mister Hyde (Stevenson, te amo). Amor y resignación, belleza y seducción, rodeo y 'acciones pasivas' (lo sé, acabo de ganarme una galleta). Joder, mis lecturas juveniles no me prepararon para nada. Hasta Hermione no deja de ser un personaje secundario de la que lo que más queríamos saber era si acababa con Ron o con Harry (por cierto, mala elección, Hermione, maaaaala elección). 

Lo peor es que en mi Emma también hay amor. Creo que no solo hay amor (ya me contaréis qué tal), pero sí ocupa un lugar importante en la primera parte (ya lo veréis y podremos hablar sin spoilers), no tanto en la segunda, cuya estructura estoy construyendo ahora antes de cerrar definitivamente la primera para así poder arreglar posibles errores de continuidad. ¿Seré culpable de perpetuar el mismo patrón de feminidad que critico? ¿Habré fracasado en dar a la pequeña María del Mar del pasado un libro de aventuras protagonizado por una chica no melindres? Una guerrera, una valiente, un poco perdida (no, muy perdida, no nos engañemos. Emma está de atar), que busque su lugar en el mundo y, en el camino, encuentre la forma de hacerse mujer, pero no una mujer cualquiera, sino una fuerte y decidida, con confianza en sus capacidades intelectuales y físicas, capaz de defenderse y protegerse a sí misma. Todo esto aderezado con una historia divertida y dinámica. ¡No puede ser tan difícil! ¿O sí? 


miércoles, 10 de abril de 2013

El invierno de los perros

Nunca te aprendas el nombre de un perro. Thor tenía complejo de caballo. Si tenía raza había quedado diluida en los genes de sus antepasados, porque aunque estaba claro que aquel enorme chucho marrón de ojos amarillos era un perro - no había lugar a dudas -, sólo un jugador de ruleta rusa se hubiera atrevido a apostar por sus padres. 

Tampoco hubo gente que apostara por él.

Thor era un perro demasiado grande para una casa, demasiado torpe, demasiado tímido. Los perros tímidos pasan desapercibidos en la manada, son un poco humanos para eso. Ni se acercan ni te evitan, ni se quedan quietos ni corren tras la pelota. En seis meses que estuve allí, jamás le vi jugar. Al principio no era más que una sombra pardusca que se perdía entre los más de veinte perros que acudían a recibirme cada miércoles. Histéricos, nerviosos, juguetones, cariñosos y afables, un carácter para cada gusto. Entre todos ellos estaba Thor, con sus ojillos de bueno pero pasando desapercibido entre los demás. 

Con el tiempo, y sin que me diera cuenta, Thor fue cogiendo confianza conmigo. Supe que existía la primera vez que su gigantesca cabeza se abrió paso entre mis rodillas y casi me tira al suelo al intentar pasar por debajo de mí. Aquella brusca muestra de afecto se convirtió en nuestro saludo de cada semana y entonces decidí que si alguna vez incorporaba un caballo a alguno de mis cuentos llevaría su nombre. Por más que le lancé la pelota él no consintió en jugar, pero si tenía paciencia el tozudo gigante acababa acudiendo a mi llamada. 

A Obey lo mató la manada cuando apenas habría cumplido un año. Nunca supimos quién fue porque ninguno estuvimos presente y los únicos restos de la pelea eran manchas de sangre en el suelo de cemento del patio interior. Era mezcla de perro de caza, o quizás incluso perro de caza puro, nunca he sido capaz de identificar correctamente las razas cinegéticas. Poco importa ya. El carácter alegre y atrevido de Obey le valió una pelea con alguno de los machos dominantes del grupo y el resto le siguió. Aquella fue una de las cosas que aprendí de los perros aquel invierno y que nunca habría imaginado: en caso de pelea de uno frente a uno, la manada atacará en bloque al primero en caer al suelo. Otra cosa más que los acerca a los humanos. Al fin y al cabo, un grupo es tan fuerte como el  más débil de sus miembros, ¿verdad?

Brian tuvo más suerte y pudimos apartar al perro de presa que lo tenía inmovilizado contra el suelo. Rompimos tres escobas en el lomo de aquella bestia negra, joven y fuerte, sin resultado. Un grito agudo y un cubo de agua nos dieron  un segundo, tan sólo un segundo, para empujarlo y salvar al pobre terrier aterrorizado. Hoy Brian vive con una familia y probablemente no recuerde nada del susto ni de los bárbaros que lo arrojaron de un coche en marcha cuando era un cachorrito.

Quizás mi favorito siempre fue Pancho. Pancho tenía los colores de un pastor alemán, pero que me maten si había visto alguno siquiera en foto. Era el perro más extraño que he visto jamás porque a simple vista lo tenía todo para ser de raza pero. Siempre había un 'pero' con Pancho. Los colores de un pastor alemán, pero el pelo largo y la cabeza cuadrada. El hocico corto, pero las orejas amplias y triangulares. Las patas grandes, pero las pezuñas pequeñas. Un carácter excepcional, pero sin familia para disfrutarlo. 

De alguna forma, todos ellos creyeron por un segundo que yo era su humano. Pero no lo era. 
De alguna forma, yo también creí que todos ellos eran mis perros y en cierto sentido sí que lo fueron. 

Thor, Obey, Brian, Pancho, Michi y Narco, el Fraggle al que nunca llegué a llamar Wimbo (su verdadero nombre) y que venía a esconderse entre mis botas si la cosa se ponía fea; Black, el gitanillo; Pibe y Ken (me pueden los perros peludos). La cariñosísima Cloti, creo que nunca he conocido a una perra tan deseosa de ser querida. Izar y sus hermanos. El pacifísimo Gringo, a quien siempre llamé el Rubio (no subestimemos mi capacidad para inventarme nombres), y sus dos hermanos, más activos cuanto más morenos. La vivaz e inteligente Linda. El cabezón pequeñito que resultó llamarse Sayco. Mía y Maya. Bobbie y Suerte. Sandy. Nai. Atenea. Juanito. Sancho. Moro, el perro más bueno que he conocido jamás y que sin embargo lleva dos años sin adoptante. 

La lista continúa. Es más larga de lo que me gustaría, lo seguirá siendo, y se sumará a las listas de otras tantas asociaciones que se dedican a lo mismo mientras no cambie lo que verdaderamente tiene que cambiar en este país: la concienciación pública del valor de la vida animal. Ninguna asociación puede detener el constante goteo de animales abandonados en España si la sociedad no toma conciencia de su responsabilidad hacia ellos. Los animales no son un negocio, ni un juguete, ni un adorno en el hogar. Convivir con un animal es una vivencia gratificante que sólo se llega a comprender desde la experiencia y que requiere un compromiso por parte del humano que decide abrirle las puertas de su hogar. Es un pacto sellado mano con pezuña: "yo nunca te dejaré solo, tú sácame a pasear. Trátame como a un perro, no como a un niño pequeño. Llévame al veterinario. Esterilízame para que mis cachorros no den con sus huesos en un cubo de basura. Ya de paso, no te diré que no si quieres darme algo de comer. No me gusta que me peinen pero creo que podemos hacer una excepción por el bien de eso que llamas moqueta. Si la cosa va bien, pasaré diez años de mi vida contigo, quince con suerte, y acudiré cada día a saludarte, tu casa será mi casa y tu familia, la mía. Puedes apostar que guardaré tu sueño con el mío".

Mientras tanto, cierran el albergue para el que colaboro y aún tenemos 30 perros que irán a la perrera si no encontramos familias para ellos. 

No, definitivamente, nunca te aprendas el nombre de un perro.




jueves, 14 de marzo de 2013

Una chica común en situaciones extraordinarias

Cómo veis, la escritura es mi único 'talento'

   Como ya os habréis dado cuenta a estas alturas del partido, vivo poseída - hechizada por una idea que ni llega a su fin ni me deja libre (en inglés suena mejor: haunted). Esa idea es mi Emma del alma mía, que continúa creciendo cada día un poco más a la espera de que le ponga punto y final a la correción.

No quiero cumplir 29 años sin haber cerrado este primer capítulo (enhorabuena, lectores, tan sólo me quedan 59 días. Un poco más que ya casi estamos). 

Y sí, habéis leído bien: primer capítulo. En esta época de vuelta de las sagas y las trilogías, Emma tiene, cómo no, tres bonitas partes. Sin embargo, hay una diferencia fundamental con respecto a otras series presentes en el mercado: con espadas, tesoros y barcos, El Tesoro de Isla Carolina es en realidad un bildungsroman, es decir, una novela de formación. Sí, sus tres partes.

Los protagonistas de las ficciones de entretenimiento suelen tener un Destino Manifiesto. Como siempre, hay excepciones, pero la mayoría tiene un objetivo: un tesoro, resolver un crimen, cometerlo, conquistar el amor de alguien. Me encantan estas ficciones, no nos engañemos, de hecho, me gustan mucho más que las 'ficciones cultas', donde la mayoría de los personajes se dedica a dar tumbos sin tener realmente un principio o un final (especialmente en el postmodernismo. Muerte al postmodernismo). En mi humilde opinión, ambas soluciones son un error. 

La primera, el Destino Manifiesto, es un error humano. La segunda, el Dar Tumbos Postmoderno, es un error narrativo. La ficción que casi todos hemos consumido nos graba a fuego en la cabeza la idea del principio y el final, el alfa y el omega. Tenemos la idea de que todo llega a su fin y, después, al mirar hacia atrás, vemos el camino recorrido. Sin embargo, ese camino sólo se ve a posteriori, y rara es la ficción de entretenimiento que te muestra a un protagonista verdaderamente confuso e incapaz de controlar lo que está sucediendo en su vida. En mi opinión, esto es un error especialmente en las lecturas juveniles, porque no te preparan para toda la mierda que te vas a tener que comer entre los 15 y los 30 años, cuando la ruptura entre el mundo que te prometieron y la realidad sea, al fin, completa. Esto último suele ocurrir más en las ficciones cultas, pero la forma en la que los artistas construyen estos relatos hace que el lector común salga huyendo despavorido - y aburrido - de ellas y no creo que nadie pueda reprocharles nada: la visión por lo general pesimista del ser humano no es algo agradable para leer antes de dormir. Aquí entraríamos en el debate de si la ficción tiene que ser agradable o siquiera si tiene que enseñar algo, pero yo prefiero dejarlo al gusto del artista en cuestión. Lo que es por mí, yo quiero que la gente se haga una idea de cómo funciona la humanidad sin que quieran cortarse las venas por el camino, y me muevo más en la escuela de los escritores clásicos del XIX que en los del siglo XX. Del XXI mejor ni hablemos de momento.

Tortuga*

Quizás me equivoque, seguramente lo  haga, pero la brecha ficción de entretenimiento - ficción culta se ha agrandado aún más en los últimos 60 años y aunque sería necesario hacer un estudio en profundidad del tema, yo señalo al postmodernismo directamente a la cara con el dedo, porque la ignorancia es muy atrevida. Al lector común le gustan las buenas historias, con gancho, que le arrastren del principio hasta el final de la novela agarrado de la mano no, de las gónadas, y lo suelte al final, extenuado por el viaje y pidiendo más tan pronto recobre el aliento. Al lector culto le gusta recrearse en el lenguaje, los símbolos, las metáforas y demás filigranas  A su manera, también llega extasiado al final. ¿Se trata entonces de dos caminos literarios enfrentados entre sí hasta el fin de los tiempos? No lo creo, no lo quiero creer. 

Me gusta soñar que puedo aportar algo a mis jóvenes lectores objetivo, algo de lo poco que puedo haber aprendido en la vida. Me consta, así lo sufrí, que la adolescencia puede ser tan divertida como dura, y que la primera juventud tan violenta como apasionante. La segunda y última juventud es, en estos tiempos, sencillamente confusa, una neblina que cubre la realidad y no nos deja distinguir las formas delante de nuestros ojos. Ese es, y no otro, el esquema de mi trilogía.


La historia de Emma es la historia de todas nosotras - especialmente de las chicas, sí, pero también he incluido varios personajes masculinos para darle el contrapunto -, aunque para algunas llegará un poco tarde. Emma es una chica común que se ve envuelta en situaciones extraordinarias de las que intenta salir como buenamente puede. Su único objetivo es seguir con vida, quizás volver a casa, quizás marcharse lejos, y en último lugar descubrir qué demonios hacer con su vida en una sociedad que no tiene sitio para ella, igual que nuestra sociedad no tiene sitio para la mayoría de nosotros. 

A esta historia en principio tan oscura le he metido piratas, selvas, mares embravecidos, errores humanos y amores imposibles para darle un poco de color y, sobre todo, de diversión. Creo que se puede escribir sobre toda la mierda que estamos viviendo ahora sin hacernos sentir peor. Al fin y al cabo, yo tampoco tengo ni las respuestas que buscamos ni las soluciones que necesitamos para hacernos un sitio en el mundo.

Esta es mi Emma, y este es mi proyecto. Espero que pronto podáis disfrutarlo tanto como lo estoy disfrutando  yo ahora.





*Ojalá recordara la fuente de esta inspiradora ilustración. Mis felicitaciones al artista, si llegara a dar con sus huesos en esta costa. Las demás imágenes de la entrada sí me pertenecen.

lunes, 18 de febrero de 2013

50 sombras de Moskys



Es el libro de la temporada. Si no has leído 50 sombras de Grey es porque lo has criticado de oídas y has decidido dedicar tu tiempo a cosas más constructivas. No te culpo. Pero yo soy muy de leer todas las mierdas que se ponen de moda,  y esta vez no iba a ser menos. Confieso que me mueven dos razones: la necesidad de descubrir cuál es el resorte que presionan y que hace que la gente se lance a lo lemming sobre un texto malo, y la puritita curiosidad.

Esta vez el libro de moda, el It Book, no trae templarios ni vampiros, trae sadomasoquismo. No me negaréis que como cambio es interesante. Hemos pasado de María Magdalena y los vampiros brillantes a tipos que se atan con cuero y con esposas para zurrarse y darse gustito. Y gente que no leería un libro de Corín Tellado ni aunque le despellejaran la espalda a latigazos ha lucido orgullosa el libro en metros y lugares públicos varios. Esto despeja rápido la primera incógnita sobre su éxito: el triunfo es del departamento de marketing, no de E.L. James

Resumen del argumento: una universitaria normal, un poco pava, se enamora de un multimillonario al que le va el sado y que está un poco tocado de lo suyo. Con el tiempo, el poder del amor de la zagala lo cura de sus traumas.

No he avisado de los spoilers porque si has llegado hasta este blog probablemente dedujeras el argumento entero en la segunda aparición del muchacho, así que para qué.

Si la peli la protagoniza él, pienso ir a verla.

¿Qué tiene de especial esta historia que no tengan otras? El detallito del sado. La estructura del libro se repite en toda la trilogía: capitulito que avanza la trama, capitulito sexual muy descriptivo. Y así, en bucle, hasta el final. Una de cal y otra de arena. Cuando digo 'muy descriptivo' estoy siendo muy generosa, porque el vocabulario de E.L. James (o quizás de su traductora, misterio) es muy, muy, muy reducido. Y os lo dice alguien que ha escrito 'muy' seis veces en un mismo párrafo.

El libro está escrito desde el punto de vista de la protagonista y somos testigos de sus reflexiones. Es un despropósito de principio a fin. El personaje principal es el típico personaje femenino de la chick lit y que dice muy poco de las mujeres en general: chicas jóvenes, de clase media, de inteligencia media, un poco pavas y/o torpes, morenas, generalmente buenas y un punto tímidas, con una errónea percepción de sus cuerpos y de su atractivo inspirada, cómo no, en los cánones de belleza habituales. Este punto me encanta porque casi siempre, en algún punto de la narración, se ponen un vestidaco, calzan unos tacones, y resulta que son pibones. El puto cuento del Patito Feo feat. La Cenicienta feat. Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo. Cualquiera diría que este argumento lo ha arreglado Pitbull.

O él.


Una de las razones por la que no me he atrevido a meterme con este libro antes es porque mucha gente a la que aprecio - y que me aprecia, misterios de la vida - ha leído y disfrutado el libro. ¿Cómo decirles a esa gente que el libro me ha parecido una basura para deficientes mentales y pretender que me sigan queriendo igual? Amo la literatura, pero esto es  la vida real y no quiero que me retiren la palabra. 

50 sombras de Grey es un libro para gente que no lee, o que lo hace pero no lee Literatura. En el caso concreto de este libro estamos ante uno de los peores y más pobres éxitos comerciales de los últimos años. Ya sabéis que yo no creo que calidad y popularidad tengan que estar reñidos, al contrario, me gusta que se casen y tengan hijitos, pero esta vez nos encontramos con el peor de los ejemplos posibles. El libro es malo con avaricia. 

O este también.


   Es malo por: 

      - El lenguaje. Como ya he dicho, el vocabulario de E.L. James es limitadísimo. Limitadísimo nivel: instituto. Repite los mismos adjetivos hasta que te los aprendes de memoria.

      - Las expresiones 'no verbales'. A los escritores nos dicen mucho eso de 'mostrar, no decir', y el recurso más práctico es describir las reacciones físicas de los personajes ante un estímulo X. Dicho de otro modo, el personaje A suelta una gracieta que al B le toca las pelotas, pero en vez de decirte que 
le toca las pelotas te digo que 'arruga el labio superior y la aleta de la nariz'. Algo así pero bien hecho. Pues bien, existen una serie de reacciones comodín que vienen en el manual de I de Escritor y que son, a saber: 

          - apretar los puños
          - fruncir el ceño
          - sonreír (mis personajes sonríen mucho, por cierto)
          - rechinar los dientes
          - rascarse el culo

      La última es broma, pero no lo es el hecho de que los personajes de James se pasan la mitad de la novela frunciendo el ceño, y la otra mitad frungiendo. En la lectura en directo de Norma Jean la redactora se tomaba un chupito cada vez que Anastasia fruncía el ceño. Creo que ahora está en alcohólicos anónimos.

      - Los personajes. No tengo ningún problema con los arquetipos, a mí me gustan. Son una herramienta muy útil para establecer las reglas del juego en un pispás. Ya luego iremos desarrollando a los personajes por el camino. Sin embargo, James no sólo elige los peores y más trillados arquetipos del mundo, sino que se las ingenia para empeorarlos (si lo piensas, también es un logro). 

      Repasemos juntos los personajes de este despropósito literario: 

           - Christian Grey: muy joven, muy rico y muy guapo, la triada de las Mejores Cualidades en un Hombre según parece. Que luego resulte ser enfermizo y posesivo, bailando a ratos con la paranoia y el maltrato psicológico es lo de menos: todas quieren un Grey en su vida. Pues ole tú. Personaje con una infancia traumática que desahoga en prácticas sadomasoquistas. 

       - Anastasia Steele: joven inexperta e insegura, presuntamente inteligente pero que no lo demuestra en ningún momento. Tiene una percepción de su imagen corporal que a medida que avanza el libro vemos que no se corresponde con la realidad. Esto es un clásico de este tipo de libros para chicas.

     Los demás personajes son monigotes sin entidad. 

Ni. Hablar. 

       
      - El mensaje. Aunque no lo parezca, existen sadomasoquistas sin ningún problema psicológico. Gente que se divierte de una manera porque se aburre de otra. La imagen que da la novela de estas prácticas sexuales es pobre y limitada. Como gente que sabe más que yo del tema ya se ha encargado de explicar esto, no me meto en el jardín.

     Por otra parte, ¿qué dice de las mujeres de hoy la popularidad de 50 sombras de Grey? He hablado largo y tendido con muchas mujeres que han amado la novela y estas son mis conclusiones: 

          - Todas creen que en el fondo están bien físicamente, pero necesitan que la sociedad se lo corrobore o no serán capaces de creérselo. Esto lo saco de la repetición del argumento del Falso Patito Feo. 

¡Este, este, este!

         - Están hartas de encargarse de todo, han vivido en sus carnes que el fracaso del feminismo clásico y en lugar de reformularlo, lo rehuyen. Ya basta de trabajar, cargar con los niños, limpiar la casa y estar estupenda, porque triunfar en los cuatro aspectos es extenuante y prácticamente imposible. Agota las energías de cualquiera y las deja sin tiempo para nada más. Podemos estar más o menos de acuerdo, pero lo cierto es que así es la vida real de muchas mujeres. Por eso, estas fantasías donde un Deus ex machina en forma de macizo aparece y les dice que son preciosas y ponen a su disposición todo el dinero del mundo para que puedan hacer lo que les da la gana, les dan la vida.

         - Están sexualmente insatisfechas. Y ojo, esto no tiene por qué ser necesariamente debido al gachó que tengan al lado sino a la bipolaridad sexual de esta sociedad. Esto se observa muy bien en determinados sectores demográficos. Los hombres quieren a la madre y la puta, pero no se puede ser la madre y la puta. Esta mentira gordísima está grabada a fuego en la mente de muchas mujeres, y en el día a día muchos, quizás sin quererlo, contribuyen a esta idea. ¿O no habéis escuchado nunca aquello de 'tías para follártelas y tías para presentarle a tus padres'? Porque yo sí. Esta idea provoca que muchas mujeres no se atrevan a más. 




Sin embargo, nada de lo que he expuesto aquí responde a la pregunta final: ¿por qué este libro lo ha petado y no otro, si hay cientos, miles, que pecan de todo lo que he puesto aquí hoy? Aquí entra ya la mística de la vida: suerte, destino, azar, la diosa Fortuna... Yo me inclino por una muy buena campaña de marketing que ha sabido aprovechar el puntito picarón y lo ha envuelto en sedas grises (todo el mundo sabe que el gris es el color más elegante).

Por si acaso alguno no lo sabe, el sexo no es algo nuevo en literatura. La historia de la literatura está saturada de historias guarras para leer al gusto, y que pertenezcan a 'la historia de la literatura' no quiere decir que sean necesariamente difíciles de leer, que nos asustamos de nada. De hecho, a mí 50 sombras de Grey no me escandalizó porque había leído a Bukowski. Con el bueno de Henry Chinaski sí que flipé, y eso que leí mi primer encuentro sexual en un libro a los doce o trece años, en La pirámide asesinada de Christian Jack (ahí si que se me cayeron los palos del sombrajo). ¿50 sombras de Grey? Anda y pásame Trópico de cáncer.


DISCLAIMER: Lo del retraso mental es un insulto tan gratuito como deliberado para marcar la exageración, que nos conocemos y luego os tomáis todo a la tremenda.

viernes, 15 de febrero de 2013

Miedo y asco en Macao


Fuimos a Macao en julio de 2010. Hacía seis meses que vivía en China y había comenzado la ronda de despedidas que, a partir de entonces, se repetiría en picos anticlimáticos al mezclarse con el recibimiento a los nuevos becarios. Queríamos despedirlos por todo lo alto, y aprovechamos el cumpleaños de uno de ellos para explorar las míticas Vegas chinas, el último punto de los imprescindibles del país que nos quedaba por conocer.

No sólo el mar separa la antigua colonia portuguesa de Macao de China. La propia ciudad parece fuera de lugar, una pieza de museo extraída con brutalidad de su contexto y lanzada a la otra esquina del mundo. Macao había sido un importante puerto comercial que daba entrada a los portugueses al ingente país asiático del mismo modo que Hong Kong lo había sido para los británicos. Sin embargo, aunque sólo hacía once años que la península de Macao había perdido su nacionalidad portuguesa, la antigua presencia colonial europea había quedado reducida a la solitaria fachada de una catedral por lo demás derruida, un par de plazas y algunas calles con edificios vagamente familiares para nosotros pero el colmo del exotismo para los miles de turistas chinos que la visitan cada año. Los carteles en chino y portugués contribuían a alimentar el hechizo. El resto de la pequeña ciudad portuaria había sido invadida por colosales casinos temáticos que iluminaban la pacífica noche tropical con sus luces de neón.

Nunca me han gustado los casinos. Mi verdadero deseo por Las Vegas nace de mi aspiración a casarme sin que me dé tiempo a pensarlo de más y arrepentirme. Pensar de más es marca de la casa. Quizás por eso Macao no despertó mi interés en un primer momento. Aunque las siluetas de los casinos abrumaban a los minúsculos peatones y finalmente los obligaban a desplazarse siempre en taxi, la mezcla de estilos, la copia barata de rincones del mundo que yo había conocido y amado en persona recubrían la ciudad de un marcado sentido del plástico, de lo fatuo, lo hueco. Tenía la sensación de estar en el carísimo decorado de cartón piedra de una superproducción de Bollywood. Recuerdo en especial el hotel que recreaba Venecia. Hay varios hoteles que recrean a la Serenísima repartidos por todo el mundo. En Shenzhen, sin ir más lejos, habíamos celebrado un evento de la Cámara en uno de ellos. Pocas cosas consiguen despertar mi asco tan fuerte como las réplicas. ¿Cómo sorprenderme por un hotel que imita un palacio con canales cuando he paseado por las verdaderas callejuelas venecianas a medida que el sol de la tarde desaparecía detrás de los decadentes - y por ello hermosos - palacios de Venecia y las últimas luces del día refulgían contra las cúpulas doradas de la plaza de San Marcos? Para mí era imposible, aunque mi carácter crítico por naturaleza no me convierte en la fuente más fiable.

Odié el cartón. Odié la falsa ostentación y el falso lujo presente en cualquier parte: era el lujo de los hombres de negocio, entendido con el mismo desprecio con que un viejo aristócrata caído de principios del siglo XX entendía el nuevo arte burgués. Como el príncipe de Salina miraba a don  CalogeroSedàra. Imagino que aquí es donde brota el errado sentimiento de supremacía cultural que acompaña desde siempre a la civilización europea. Pero un calco es un calco, y es natural en el ser humano el desprecio a todo lo que no muestra ni siquiera un ápice de la más mínima originalidad. Aquel parque temático del lujo y el juego no tenía ni la sombra. 

Elegimos un casino para ir de fiesta, aunque debido a nuestro limitadísimo presupuesto buscamos para dormir un alojamiento más modesto. Las posadas tradicionales de Macao, es decir, que no son casinos, se encuentran en el casco histórico de la ciudad. Avisados de la mala calidad de los hostales, habíamos elegido uno por 15 euros la noche. En Asia por 15 euros la noche puedes aspirar a un hostal limpio y seguro, pero como comprobaríamos esa misma noche, Macao era el hijo deforme de dos padres distantes y ausentes. 

Callejeamos hasta encontrar el hostal. A medida que nos alejábamos de las calles principales, más se parecía Macao al Portugal que yo conocía, con muros de cemento tapiando solares agrestes y gatos callejeros perturbando la paz natural de sus barrios. Encontramos nuestro alojamiento gracias a la ayuda de los vecinos. Unas estrechas escaleras ascendían desde la acera y se adentraban en la oscuridad de un rellano que distribuía a izquierda y derecha los baños de mujeres y de hombres, antes de continuar ascendiendo hasta la recepción en la primera planta. El encargado del hotel tenía una enorme verruga de la que salía un pelo de por lo menos quince centímetros. Al parecer, en China trae buena suerte. Todo trae buena y mala suerte en China. El hombre iba en camiseta de tirantas y su piel brillante no ayudaba a disimular el sofocante calor que reducía el ambiente del hotel a mantequilla batida a pesar de los pobres esfuerzos de un ventilador de techo.

El hombre nos cobró por adelantado, nos enseñó los baños y nos guió a nuestras habitaciones. Los baños nos pusieron sobre aviso pero no nos impresionaron. A aquellas alturas del año habíamos viajado demasiado y no había obstáculo que un buen par de chanclas no pudieran sortear. Sin embargo, las habitaciones nos pillaron por sorpresa. Las paredes eran paneles de madera que no llegaban hasta el techo, de forma que las habitaciones se comunicaban entre sí. En el suelo, el papel imitación madera que iba pegado al suelo original crujía bajo nuestro peso y servía de refugio a las atrevidas cucarachas que surgían a nuestro paso, como si quisieran saludar a los turistas extranjeros. Las camas eran de muelles, y los finos colchones fondados no ayudaban a disimularlo. Ignoro si las sábanas estaban limpias, no tuve valor de abrir la cama. Hay cosas en esta vida que es mejor no conocer. 

Nos arreglamos y salimos antes de que el depresivo ambiente del hostal nos contagiara. Elegimos el casino MGM. Algunos de los veteranos de Cantón nos habían hablado muy bien de él, de su estupendo bar y su genial banda de música. Estaban en lo cierto. Cenamos bien por un precio razonable para estar en la cafetería de un hotel de 5 estrellas -sí, cafería, el restaurante propiamente dicho ni lo miramos - y la banda no sólo no nos decepcionó sino que permanecimos en el bar del casino hasta que terminó la actuación. Fue entonces cuando comenzamos a ver los primeros movimientos extraños.

Apenas habíamos apostado. Mi desconfianza en el juego me lleva al límite de no comprar si quiera lotería de Navidad, pero algunos de mis amigos sí probaron suerte... Y perdieron. La fortuna estuvo, en realidad, en unas personalidades fuertes y una fina inteligencia que no permitieron en ningún momento que las apuestas se descontrolaran. Aburridos después de cuatro tiradas a la ruleta, fuimos en busca de la banda.

 La mayoría de las mujeres del local eran jóvenes y estaban reunidas en grupos con otras mujeres, cinco o seis. La mayoría de los hombres sobrepasaba con largueza los cuarenta y apenas iban en grupitos de tres. Después de un par de copas los señores empezaron a sacar a bailar a las chicas con un entusiasmo que no se correspondía con la música, moderna, ligera y distanciada de los diferentes grados de sobeteo que veíamos. La pista definitiva de la verdadera naturaleza de la escena que teníamos delante vino cuando uno de los caballeros de pelo plateado se acercó a una de las chicas de nuestro grupo, le dijo que era muy guapa y que él era un rico de hombre de negocios de Alemania. El caballero de cabellos plateados se retiró cuando ella le dijo que llevaba un año viviendo en China y que trabajaba para una prestigiosa empresa europea. No sería la última vez que nos tomarían por prostitutas aquella noche.

Un informe de Lousie Brown sobre la prostitución en Asia* decía que mientras que a los asiáticos les da igual saber que la puta es puta y no les importa, a los europeos de negocios en Asia les gusta creer que la chica va voluntariamente con ellos, que aunque ellos vayan a pagarle, ella siempre ha tenido la opción de rechazarles y buscar un cliente que les resulte más atractivo. Esta ilusión de la conquista es, sin duda, infantil y estúpida, pero es la favorita de los hombres occidentales.

En el hotel la existencia de prostitución era clara para cualquiera medianamente despierto y al mismo tiempo sutil y discreta. Si alguna prostituta era pillada ejerciendo dentro del hotel se la echaba inmediatamente. Habían tenido varios escándalos relacionados con esto en los últimos años. Sin embargo, en guías de la ciudad distribuidas libremente por internet, europeos anónimos recomendaban los spa y los clubes de los hoteles como los lugares idóneos donde conseguir una chica de pago.

No subimos al spa, pero cuando la banda terminó y cerraron el club nos recomendaron una discoteca que abría hasta el amanecer. Después de seis meses en Guangzhou, donde todo cierra a las dos, la promesa de bailar hasta el amanecer era demasiado sugerente como para resistirnos.

Y aquí fue donde la venda, cualquiera que cada uno de nosotros llevara sobre los ojos, se deshizo al caer al suelo. Había bebido cuatro copas en el club, pero la chispa desapareció nada más entrar en el local. Habíamos compartido taxi con una preciosa chica tailandesa que decía que trabajaba dos semanas al año en Macao para vivir luego en su pueblo natal. Hasta que entramos en la discoteca no comprendimos cuál era su trabajo. 

Lo primero que vi al entrar en la discoteca fue un hombre mayor, con el pelo completamente blanco, camisa de cuadros azul y vaqueros, con la mano derecha debajo de la falda de una mujer. La mujer pegaba pequeños saltitos como si estuviera bailando sobre la mano del hombre. Abrí los ojos y el sutil velo de disimulo que había acompañado a la noche se retiró despacio y dejó paso a la realidad. En otra esquina, un señor le susurraba en la nuca a una joven que se retiró de él. Él la agarró por la muñeca y la atrajo hacia así. Volvió a susurrarle y la chica permitió que sus manos la acariciaran. Él no pudo ver la inmensa mueca de asco de ella porque cuando se giró hacia él sonreía, pero nosotros sí. La música era extraordinariamente buena. En un balcón interior el DJ pinchaba como si estuviera en Pacha, en una de las mejores sesiones de música que he escuchado jamás. Fuimos los únicos que bailamos aquella noche.

Regresamos al hostal de día. Las voces de otros cuartos y la suciedad de las sábanas terminaron por dividir nuestro grupo. Los más valientes durmieron en lo más parecido a una cuadra en donde he estado jamás. Los demás nos cambiamos de ropa y salimos a hacer turismo a la luz del día.

Nos quedamos dormidos en el Starbucks. 


*El libro de Brown es controvertido porque no aporta apenas datos estadísticos, sino que se limita a recoger testimonios y a relatar lo que ve o conoce. 

**Esta crónica cuenta únicamente una noche en Macao, tal y como la recuerdo. Es posible que la historia hubiera sido diferente de haber ido a otros bares, o de habernos hospedado en otro lugar, pero fue lo que fue, y como tal lo cuento. No pretende ser un reportaje objetivo sobre la ciudad y los casinos sino la reproducción de mi experiencia personal.

***Aunque parezca lo contrario, me divertí bastante. Lo que había a nuestro alrededor era lo que era, pero creamos nuestro ambiente y nuestro rollo y pasamos de todo lo demás. 

****No soy tan ingenua como para creer que no existe prostitución aquí. Eurovegas no traerá más, tan sólo concentrará en un punto determinado. Tampoco estoy en contra de la prostitución en sí misma, sino del tráfico de personas. Que una chica de una aldea pobre tenga que tirarse a un viejo para poder comer me repugna profundamente. Que una chica decida que su cuerpo es suyo y hace lo que quiera con él, lo aplaudo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Cómo escribir una novela


¿Os acordáis de aquel coleccionable de Érase una vez... El cuerpo humano que venía con un esqueleto al que poco a poco se le iban añadiendo las partes hasta formar un hombre? Pues bien, así, y no de otro modo, se escribe una novela.

De hecho, este post podría terminar aquí. Fin. Finito. The End. Pero, como soy de naturaleza generosa, voy a explicarme un poco más.

Lo primero que necesita una buena historia es una estructura. Hay mil formas de anotar esa estructura para que no se desvanezca en la memoria: esquemas, cartulinas por secuencia, tablas de excel, marcas con un punzón sobre madera... Todo esto ayudará muchísimo, sin embargo la realidad de esa estructura no se verá y se pondrá a prueba hasta tener una primera versión del total de la obra.

Striptease total
         El primer borrador es el más difícil. Al menos para mí. Es un dolorosísimo parto en el que personajes que aún no están perfectamente dibujados (incluso a pesar de las doscientas cuartillas que has llenado describiendo hasta el más mínimo rasgo) se empeñan en salir todos a la vez por el minúsculo espacio de la velocidad procesando texto sobre el teclado que tenga cada uno. Quieren salir y jugar, pisotear y mearse encima de la estructura que hemos creado para ellos. Estos abortos literarios son caprichosos. A veces aparecen todos a la vez, otras no queda en escena ni el protagonista - y normalmente suelen desaparecer cuando más necesitas escuchar sus voces. Creo que son parientes de las musas.

Así que de momento tenemos un conjunto de ser incompletos bailando sobre el tejado de una casita construida con palitos de helado. Se masca la tragedia.

Llegamos a un punto en el que o la estructura se cae, o misteriosamente encajan todos los palitos y resiste el encofrado.

Vamos a ignorar todos que he empezado esta entrada comparando la novela al montaje de un esqueleto de juguete y he terminado haciéndolo con la construcción de una casa de muñecas. Y vamos a permitirnos mutuamente saltar de una analogía a otra con total desvergüenza y descaro.

En el primer borrador pruebas, juegas, te equivocas y te pierdes, escribes gilipolleces y, de vez en cuando, tienes momentos de lucidez que pasarán completos hasta la última versión. Lo más habitual es que con cada lectura del material cambies cosas, añadas, amplíes y, sobre todo, elimines. Sin embargo, hasta que no se completa esa primera vuelta es imposible saber qué historia se quiere contar en realidad. Por eso es la más difícil, porque es la Madre de todas las que vendrán después.

Siempre ha habido clases
El segundo borrador es complicado porque implica eliminar muchas escenas que, incluso a pesar de ser una mierda, te han gustado. Yo lo sé, tú lo sabes, no engañamos a nadie. Son escenas que nos daría vergüenza leer en el libro de otro pero a las que les tenemos cariño. El segundo borrador es hacerte la cera sobre el primer borrador y echarte aloe vera para curarlo. El aloe vera representa el material que se añade en esta revisión, que normalmente procura pulir lo que ya existía y hacer que no se echen de menos las escenas que hemos eliminado.

Así, poco a poco, cada nueva versión de la novela original dará un resultado mejor que puede incluso que termine por no parecerse en nada a la primera y, en realidad, no la echarás de menos.

Existen escritores que escriben de principio a fin revisando cada capítulo hasta que está perfecto; otros que escriben hasta el final sin pensar en una estructura porque lo van vomitando conforme les sale. La realidad es que no existe una forma correcta de escribir una novela sino que cada uno encuentra el camino que le es más cómodo. Este es el mío para un trabajo largo, al menos hoy por hoy. Sin embargo, creo que se mantiene sea cual sea el estilo de cada uno que la primera versión es:

- imperfecta
- incompleta
- imprescindible*

Por eso somos muchos los que preferimos pasar el trance del primer borrador de un tirón y después ir corrigiendo sobre el material que ya tenemos, porque la sensación de que existe algo completo y cerrado, algo que, de hecho, podemos decir que EXISTE, es un verdadero alivio en la mente de personas, que, como tú y como yo, trabajamos siempre sobre lo que NO EXISTE, sobre la incertidumbre, sobre la oscuridad del ¿qué va a pasar a continuación?

Y sí, este post viene a significar que he terminado con Emma, a.k.a. El Tesoro de Isla Carolina, y que me encuentro en la fase de correción 3 (una forma mucho más profesional de decir que voy a revisar el tercer borrador).

El próximo día, los testing groups, focus groups, o por qué es una mala idea dársela a leer a tus amigos.



*Obvio, sin una primera versión no puede haber una segunda.



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